La luna quema nuestra
piel arrugada por la sal y de pronto nos encontramos solos. Tú, yo y la playa
olvidada. Siempre creí que al atardecer ésta se levantaba, tomaba su sol y sus
palmeras y se marchaba, como todos, a embadurnarse de crema. Pero aquí está,
como un voyeur natural que expira salitre con cada movimiento, grabando nuestro
encuentro en el espejo del agua, musicalizándolo con gemidos de gaviotas
exhaustas de sol.
Las conchas nos raspan
la piel mientras las hormigas exploran el enredo de toallas y bañadores
exiliados. El vaivén del mar nos arrulla y olvidamos por un instante que la
sábana que nos cubre está hecha de estrellas. Somos verano, cangrejos en
guerra, la miel de los dátiles y la flor de la uva de playa, somos arena un
momento y al otro somos agua.
Nos descubrimos tiernos
más tarde en la marea baja, con la espuma amodorrada en la cintura. Mojamos el
cuerpo, enjuagamos los besos, acariciamos la frente de la playa dormida y
arropamos su recuerdo con fogata de despedida.
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